Cuidadores/as
Desde el momento en que se establece un diagnóstico de cáncer en un miembro de la familia, especialmente cuando el afectado es un niño o adolescente, se genera un fuerte impacto, tanto a nivel psicoemocional y cognitivo, como social, entre otros, pueden surgir sentimientos de incredulidad, culpabilidad y/o impotencia.
Esta noticia inesperada provoca inicialmente, un estado de choque en el que cada núcleo familiar y concretamente, cada uno de sus miembros, reacciona de forma distinta. Entre otros, algunos cuidadores4 se muestran impactados, con dificultades para contener sus emociones. Otros se muestran disociados, con un funcionamiento normalizado, lo que puede resultar extraño a las personas de su alrededor.
Esta nueva situación de cambio, se caracteriza principalmente por una alteración brusca de toda la dinámica familiar ya la vez, por una ruptura en su cotidianidad.
Normalmente la familia tiende a dividirse físicamente en dos grupos: por un lado, uno de los cuidadores, que debe dejar de trabajar para atender al niño que está enfermo y por otro lado, el otro progenitor debe seguir trabajando en el lugar de origen y atender a los demás hijos/as, si los hay. Estos hechos implican cambios de rol, la no convivencia familiar y la necesidad de encontrar otras vías de comunicación desde la distancia. Esto les permitirá mantener y reajustar el vínculo a la vez que integrar los cambios que ocurran.
Estadísticamente, es difícil establecer el curso exacto que va a seguir la enfermedad. Esta dificultad no permite tranquilizar completamente a los cuidadores, lo que les produce un estado de incertidumbre y angustia. Poco a poco, ellos mismos y, si es necesario, con el acompañamiento de diferentes profesionales, se irán restableciendo.
*Cuando hablamos de cuidadores no nos referimos sólo a padre o madre, sino que englobamos a toda aquella persona que tiene un papel activo en el cuidado del niño o adolescente que está enfermo como podrían ser: abuelos, tíos, tías u otros familiares y amigos